Ficha de Alice Stein

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Ficha de Alice Stein

Mensaje  Terremotita el Lun Ene 04, 2010 7:08 am



Nombre de Habbo:
-terremotita-

Nombre de personaje:
Alice Stein

Clan:
Tzimisce

Generación:
5º gen.

Edad:
Aparente: 20 años. (por lo general)
Real: 765 años

Descripción física:
Suele variar bastante, debido a sus disciplinas, aunque mantiene un aspecto estándar. Una chica delgada, pálida, con algunas curvas y largo pelo negro. Suele estar acompañada de unos ojos verdes intensos, aunque fríos e inexpresivos. Aparenta sobre los 18 años. Su tendencia a la hora de vestir es discreta, siempre usando colores oscuros y ropa cerrada.

Descripción psicológica:
Es bastante variable. En si es una chica completamente vacía y sumisa, callada y obediente, responsable y seria. Disfruta con el sufrimiento ajeno, y jugar con los dones que le han sido concedidos. Con tal de buscar algo de diversión, puede llegar a actuar falsamente ante los demás, llegando a parecer incluso agradable. Es muy educada, y no tolera ninguna violación a su espacio, es muy territorial, ansia la intimidad más de lo normal, quitado de con su sire, él lo es todo. Busca diversión en su vacía no-vida.

Pertenencias:
Un pequeño piso en el corazón de la ciudad, un ático de un alto edificio. Desde la ventana adora contemplar el ajetreo, tiene que estar ahí, pero al menos se siente segura en las alturas, lejos del bullicio. También conserva la daga que usó taantas veces cuando era humana.

Historia:
Un infinito cielo ante mis verdes y apagados ojos cubría de forma grisácea una fría tarde de invierno. Las nubes liberaban ligeros copos de nieve a ratos, casi no se colaba entre ellas, ni un triste rayo de luz. El tenue sol de mediodía, oculto, apenas iluminaba el parque.
Contemplé a la gente pasear; matrimonios, niños, adultos… Que todos ellos protegidos por sus capas de ropa, escapaban de la tan baja temperatura, que envolvía el cuerpo, helándote los huesos.
Permanecía sentada en un banco, pasando desapercibida. Frente a mí se encontraba el rio, de casi congeladas aguas, que cruzaban la ciudad. Los arboles parecían desamparados, desprovistos de sus hojas, desnudos ante el viento que arreciaba algunos días.
El suelo, recuerdo que tenía una capa de nieve suave, blanca. Aun no corrompida por la tierra y la suciedad. Tan blanca, como mi piel, que contrastaba de gran manera con mis oscuras ropas. Siendo en ese aspecto, igual a como soy ahora. Vestido largo negro, con bordados en plata y con toques en terciopelo, un grueso abrigo del mismo tono que llega hasta el pie de la falda y unas botas de cuero. No he perdido el gusto por ellas.
Adoraba el frio… me hacía sentir un poco menos muerta… Igual que ahora. Solo que antes si estaba viva. Un soplo de aire, revolvió mis cabellos del color del carbón, aunque con destellos brillantes, despeinándolos, aunque siempre volvían lisos a su posición normal. A mis 17 años de edad, creía que era medianamente guapa… Rasgos finos, tez blanca, grandes ojos verdes por aquel entonces inexpresivos, aunque más atrás si brillaban, estatura media, curvas muy femeninas…
Miré mis lívidas manos y las marcas en las muñecas que escapan de las mangas del vestido y suspiraba por aquel entonces, volviendo años atrás en mi mente, perdiéndome en las aguas profundas del recuerdo humano, aun conservando mi vida.

Sangre y lágrimas derramadas en el suelo. Me sentía terriblemente vacía, estúpida. No quería ver las cosas tal y como eran. El chico de mi vida, al que yo amaba, me hundió en un pozo oscuro del que no pude salir, y ahí estaba yo, tirada en el suelo del impoluto baño, cuchillo en mano, rasgándome las muñecas y el alma. El charco rojizo iba aumentando mientras el control sobre mí, y mi propia consciencia iban disminuyendo. Detrás de la espesa niebla que cubría mi visión, lo último que llegué a ver fueron unas manos deteniéndome, y oí ruidos y golpes…

En ese momento, cerré los ojos lentamente después de recordar y suspiré, volviendo a aquel dia. Me salvaron, eso lo sabía, pues ahí estaba, a mi pesar.

Los siguientes meses del primer intento de suicidio fueron muy confusos, no recordaba nada. Solo era un cascarón vacío, observando a la gente desaprovechar sus vidas y en aquellos momentos, me creí con el derecho de juzgarlos. Quería hacerles sufrir. Solo, a partir de ahí, agradecí a los que me salvaron, así podría continuar mi vida limpiando los desperdicios sociales que inundaban las calles.
Con esos 14 años, comencé a trazar planes y a decidir, fingir, y vivir. Volví a sonreír, como si hubiese salido de aquel bache. Mis amigos, los cuales me creían perdida volvieron a ir conmigo, y parecía una chica normal, feliz de nuevo. Ocultaba mis cicatrices con recelo, aunque sin avergonzarme de ellas.
Una noche de otoño, volvía andando hasta mi casa después de salir a un baile en la casa de un rico noble. Eran sobre las dos de la madrugada. Caminaba sin prisas, me gustaba mucho salir de noche, aunque tenía frio. Que ingenua era de pequeña humana, buscando salvar el mundo, aunque después de probarlo, comprobé el verdadero gusto de ver las caras de terror y dolor.

Recordaba perfectamente hasta el más mínimo detalle de aquella fecha, era el momento que había estado esperando.

Por la calle, hacia mí, venia un hombre, borracho y manchado de sangre. Oía lamentos lejanos. Sonreí ampliamente y saqué de mi bolso una bonita daga. Era de colección, pero la afilé y por fin pude sacarle una utilidad.
Me interpuse en su camino y chocamos. De la fuerza del golpe, caí violentamente hacia atrás. El hombre, permaneció de pie, observando un destello en su pecho. Mi daga. ¿Quien habría esperado semejante ataque por parte de una niña humana y más con esas pintas tan delicadas tipicas de una noble? Se tambaleó y se derrumbó de espaldas en el suelo. Me puse en pie, sonriente y dije con aire cruel y frio.
- La gente como tú no se merece seguir viviendo…- Desclavé la preciada arma y la limpié cuidadosamente, frente al agonizante moribundo. Procuré no dejar ninguna pista que pudiese llevar a la guardia hasta mí, y marché a paso rápido. El corazón me latía a cien por hora, con la adrenalina corriendo por mis venas. Había disfrutado, me encantó, y había estado dispuesta a seguir con eso… y lo hice.

Alzaba la vista al cielo, contemplándolo. Algunas personas me miraban, a esa triste chica casi adulta, y apartaban sus ojos con una simple mirada mía, sombría. Desde aquella noche cuando tenía 14 años hasta la tarde de invierno había cometido cinco crímenes, cada uno más cruel y sangriento que el anterior. Nunca me atraparon, ni fui sospechosa. ¿Quién iba a dudar de la hija de un conde, por aquel entonces, heredera de todo?
Me puse en pie, bruscamente, harta de remover el pasado, aunque no era muy lejano en aquel entonces. El último asesinato había sido el mes pasado. Aun no habían encontrado el cadáver.
Me sorprendía la rapidez del tiempo, del que había perdido en ensoñaciones. Ahora sé que es algo completamente relativo… casi ni importa el tiempo. Pasa implacable, olvidándose de nosotros…
No me había percatado de que prácticamente, ha pasado toda la tarde. Ya empezaba el ocaso, tiñendo las abundantes nubes en tonos rosados, y cediendo el paso a vientos más fríos.
Tirité levemente, y después de estirarme comience el camino hasta mi casa, entre callejones.

Hacía tiempo, en uno de mis muchos paseos solitarios por la ciudad, por su parte mas lúgubre, encontré entrando entre dos altos edificios, un camino que llevaba a una especie de laberinto de piedra y suciedad, que, tras cada nueva construcción, se abría un nuevo callejón.

Creía que muy poca gente lo conocía, de ahí su tranquilidad. Lo malo, era la escasa iluminación, si ya en las vías principales era casi nula.
Pues ahí estaba, perdiéndome entre callejuelas con un rumbo fijo, aunque algo olvidado. Daba varios rodeos, sin ganas de volver a casa. Eso, todas las noches. Caminaba ocultando las manos en las dobleces de la falda, y me encogía, con algo de frio.

Unos gritos de auxilio me hicieron levantar la cabeza. Eran femeninos. Desde aquel incidente, mi renacer, nunca tuve miedo. Pero esos alaridos fueron capaces de helarme la sangre.
Parecían horas los segundos que permanecí quieta, antes de echar a correr hacia los sonidos. Ahí, lo relativo del tiempo.
Frené en seco al ver a un hombre acorralando a una chica semidesnuda, con un par de años menos que yo, contra una pared.
Todo se detuvo y noté dos pares de ojos clavados en mí, y silencio.
El único sonido, apartado, era el suave rumor del gentío, más allá de los edificios
Lo que no se detuvo fue mi rabia, ascendiendo por momentos. Saque del pequeño bolso de terciopelo negro la ya tan usada daga, impoluta aun así. Entrecerré los ojos y me lance contra el alto y musculoso hombre. Ingenua. Creía que lo hacía por defenderla, no por autentico placer.
De un empujón apartó a la chica, haciendo que chocase contra otra pared, y ahí se quedó, atontada y sentada en el suelo, en shock.

Pero no solo cayó ella. Note el exquisito sabor de la sangre, y el dulce dolor de mi labio partido por un simple puñetazo. El suelo estaba húmedo…
Se acercaba a mí, con pasos lentos, y decidí fingir dolor y hacerme la indefensa. Hasta retrocedía arrastrándome por el suelo con aparente miedo. Me llevé una fuerte patada en el costado, que me tiró bocarriba en el suelo, sin respiración. Con una sombría sonrisa de su parte, agachó el cuerpo y me atrapó entre sus rodillas, poniéndolas a ambos lados de mi torso. Evitando que forcejease, atrapó mis hombros contra el suelo con sus grandes manos.
Mis labios permanecieron sellados, sin emitir ni un solo sonido. Solamente, se curvaron sus comisuras, mostrando una sádica sonrisa. Saque la daga oculta en mi manga, y la giré, clavándola con todas mis fuerzas en el codo del hombre, y cuando cedió su brazo con un gran quejido por su parte, alcé el brazo hasta introducir la daga en la nuca. Noté las gotas de sangre salpicar mi cara y dejé escapar una suave risa, disfrutando de verdad con su calidez.

El parpadeaba lentamente, perplejo y aflojó su agarre, pues su fuerza se escapó con el sabroso líquido rojizo que fluía de su herida. Ignoraba los gritos de la chica, y me saqué a mi victima inerte de encima, tirándolo al suelo bocarriba. Ahí, cambiaron las tornas, yo estaba encima. Clavé nuevamente la daga, esta vez en su nuez, dejándome llevar, ensañándome con el cadáver. Deslizaba el filo hasta el ombligo, dejando escapar más risas sádicas, disfrutando con esa sensación que me llenaba por dentro, al creer que hago lo correcto por el mundo… Aunque solo hacia lo que quería. Observé esa esencia rubí, salir a borbotones por la raja desde corazón aun casi latiente, empapando rápidamente el ya húmedo suelo. Hundía la daga una y otra vez en su interior la, sin que me importase cuánta sangre se pegase a mí. ¡Cuánta más mejor! Una sola palabra, me sacó de mi ensoñación.
- ¡¡Asesina, maldita asesinaa!!- chilló entre sollozos, desesperada, aquella chiquilla olvidada, avanzando a gatas hasta el cadáver. Temblorosa, se abrazó a él ignorando mi daga aun alzada sobre ambos. Mis brazos temblaron antes de descender la daga con fuerza sobre la espalda de la niña. La volví a alzar contemplando la escena. El arma resbaló de mis dedos, sumando a los alaridos de la joven que aun vivía, el golpe seco y metálico de su caída.

En mi propio mundo, bajé con lentitud mis manos teñidas de rojo hasta la altura de mis ojos, y sin saber por qué comencé a llorar. Me gustaba matar, lo hacía por el bien, pero se mezcló la mentira que usaba para convencerme a mi misma y la verdad.
Retrocedí, levantándome del cuerpo y respirando aceleradamente me pegué contra la pared, observando la violenta escena…
Siempre creyéndome con el derecho de juzgar a los demás, que escapar de la muerte me daba ese poder… Que yo era diferente, que tengo más impunidad que otros. Ahí supe cuanto me mentí siempre.
Con un leve sollozo, eché a correr por las callejuelas sucias y malolientes, sin tener claro a donde ir. Solo corría, con el vacio de nuevo en mí.

Ya era más de media noche de sábado, mis criados estarian ya en sus alcobas. Instintivamente, volví al lugar donde terminó todo y volvió a empezar.
Tambaleándome, me deshice de mi corsé y el vestido, quedando en un fino vestido de tirantes blanco, de seda, desvelando mi pálida piel y caminé hasta el baño dejando un rastro de sangre.

Fijé la vista en el reflejo del rico y labrado espejo, mi rostro demacrado, ojeras y salpicaduras de sangre… Me apoyaba la pared, mientras soltaba un alarido de desesperación, y golpeé el espejo con la cabeza, resquebrajándolo. Liberé otro grito y arremetí también con las manos, entre lágrimas, manchándolo todo de sangre, acompañada por el dolor. Menuda crisis…
Terminé retrocediendo entre sollozos y jadeos, temblando. Contemplé el cristal roto, con algunos trozos ya en el suelo y empecé a notar el ardor de las heridas, y más sangre resbalando por mi cara. Mi reflejo, estaba dividido en muchos trozos y multiplicado…
Había mirado mis brazos, dañados, y me llevé las manos a la cabeza, agarrándome del pelo… Apoyé la espalda en la blanca pared, resbalando por ella, hasta sentarme en el suelo con la mirada perdida. Flexionaba las piernas, encogiéndome sobre mí misma, abrazándolas y apretándome contra ellas, inmóvil, llorando en silencio.
Mi mente yacía en blanco, como un cascarón vacío. Cada vez que miraba mis heridas o cualquier mancha rojiza en mí, me volvía loca, me daban arrebatos de rabia, dejando de ser yo… Actuaba cual claustrofóbica atrapada en un cubo cerrado, o una demente en su mazmorra sin salida.
Parecía que el tiempo se había alejado de mí, no sé cuanto llevo aquí… ni me importaba, no me importaba nada…

Asesina…

Ese recuerdo, esa palabra hacía que me temblasen las piernas y me derrumbase en el suelo, frenando mis momentos frenéticos. Lo único que hice desde mi renacer había sido juzgar y castigar, ser cruel con los que lo merecían desde mi punto de vista. Y uno nunca se ve a sí mismo tal y como es. Disfrutando de hacer daño, mintiéndome para así tener una justificación…. Todo se me vino abajo.

¿Y por que juzgaba a la gente? No lo sé, quizás por superioridad creída. No, justificarme…
Miré el techo y luego a la vela, que había empezado a temblar su llama. En silencio me volví a poner en pie por enésima vez, esa vez, la ultima. O eso creía Me puse frente al espejo roto y me eché mi lustroso cabello manchado de sangre hacia atrás, para ver mi cara. ¿No disfrutaba viendo el sufrimiento de los que se lo merecían?
Que mejor que ver el mío propio.
Arranque un cacho afilado de cristal del marco y lo agarré con firmeza.
Venían a mi mente los rostros de mis victimas, seis por aquel entonces. El primero, aquel hombre… Luego mis padres y mi hermano mayor. Otro… y el de hoy. Lástima que no recordase el motivo de la muerte de mi familia. ¿Por qué lo hice?
¿De verdad mereció la pena vivir de nuevo?

Dediqué una última sonrisa a mi reflejo antes de rasgarme las cicatrices de la muñeca, abriendo la carne con gesto de dolor. No me detuve. Avancé hasta el pliegue del codo, primero un brazo y el otro después. Solté temblorosa el cristal, el último recuerdo de mi vida, y el primero de mi muerte.
- Qué desperdicio…- un susurro llenó mi mente en ese momento, mientras en el reflejo del espejo, pude ver como algo rojizo tomaba forma humana, y luego parecía ser de carne y hueso. Esos ojos… recordaba haberlos visto antes… Siempre, siempre mirándome… Me tambaleé, débil, antes de ser sostenida por él, quien tomó mi brazo, alzándolo. Contempló la sangre deslizarse por mi piel antes de hablar, con voz suave y solemne.
- Espero que seas interesante…- murmuró, llevando la boca a la herida de mi brazo, llevándose consigo mi sangre, hasta que perdí el conocimiento. Las únicas cosas que de ahí vienen ahora a mi mente, es la agradable sensación de ese exquisito liquido cálido deslizarse por mi garganta, luego dolor y sed.

Me incorporo en la cama, cansada de recordar y recordar. A decir verdad, son recuerdos difusos que he ido reuniendo, como quien encaja las piezas de un gran puzle perdido. Eso fue hace muuchos siglos... Apoyo mis pies descalzos en el suelo cubierto por una suave alfombra, levantándome tranquilamente de la gran cama. Contemplo la habitación, a oscuras y silenciosa. Está ricamente decorada en un estilo antiguo, armario, un tocador, algunos instrumentos en el rincón, y las puertas que llevan al resto de la casa. Es intima y acogedora.
No recuerdo como era mi rostro… Tal vez, ni fuese así, he cambiado tanto… Pero conservo el color de mi piel y de mis ojos, tal y como creo recordar. Y también el pelo.
Camino hasta apoyar los codos en la amplia, contemplando la sucia y ruidosa ciudad a la que he llegado, las luces, los humanos caminando frenéticos de un lado a otro… Todo se ve tan lejano desde aquí… Cierro los ojos, recordando mi camino como hija suya, oculta entre las sombras, aprendiendo de el… Se lo debo todo.

Aun contemplando el cielo vuelvo mi mente atrás, otra vez. Menuda noche… Recuerdo cada rasgo de mi sire, cosa que me hace sonreír, pero voy aun más atrás.
Recién abrazada, siendo una neonata aprendí con él… Era sobre el año 1245, una bella condesa, que tras la apariencia de lujosa dama, ocultaba un horrible pasado y presente. Torturas, asesinatos… Cuantas cosas pasaron por los sótanos de mi palacio, cuanto cambió… Como es lógico, no podía quedarme en un mismo sitio durante muchos años, puesto que no envejecía. Fui consiguiendo más y más propiedades, mudándome a distintos lugares y sembrando el terror por donde iba. Sonrío levemente, al recordar cada momento, cada gota de sangre y cada grito… Aun hacen que me estremezca de placer.

Una fría noche, en uno de mis largos paseos pude oír risas ahogadas, suaves. Una pareja coqueteando tal vez. Era el año 1330, inicio de la década… Apenas era febrero. Al pasar al lado de una entrada de una gran casa, pude ver a un bello hombre seduciendo a una muchacha. Nada raro en esta época, pero en sus ojos… había maldad y deseo. Admito que me llamó muchísimo la atención.
Sin mucha dificultad logré averiguar muchas cosas sobre él. Quien era, su posición social, su riqueza, muchos rumores sobre su personalidad y pasado… Es todo un caballero, que siempre consigue atraer la atención de las damas, un heredero muy bien asentado, ahora dueño de toda la fortuna. Le observé de cerca sin que él lo sintiese, verdaderamente interesante.
Manipulaba a las mujeres como quería, eran simples marionetas en sus manos. Marionetas que terminaban rotas y secas.
Un rumor recorría las calles de aquella época, el joven señor del castillo organizaba un gran baile al que todas las damas de clase media alta eran invitadas. Incluida yo, claro. Aun a pesar de haber llegado a la ciudad recientemente, me había ganado rápido una buena fama, pura apariencia. Me vestí lo más elegante posible, un bello vestido rojo sangre, con toques en plateado y negro, terciopelo y transparencias, mangas anchas y largas, hombros y cuello al aire. Sutiles pero bellas joyas. Y lo mejor, un baile de máscaras. Admito que me divertí mucho planeando lo que iba a hacer.
Cuando llegué ahí, estaba lleno de muchachas emocionadas por ver al Señor, vestidos por aquí y allá, riqueza por todas partes, gran decoración. Y yo, tal vez como la gran masa femenina, buscaba al joven Natharael con la vista, por otros motivos distintos. Aunque decidí actuar con sutileza.

Suspiro, apartándome de la ventana. Camino descalza, acariciando con los pies la suave alfombra de pelo rojo, que cubre casi todo el suelo libre de la alcoba. Me siento despacio en el antiguo tocador de madera, tomando el cepillo y peinándome el pelo, aunque no me haga falta. Contemplo mi reflejo ahora, he cambiado tanto… pero siempre he mantenido los mismos rasgos. Sonrío suavemente, sumergiéndome otra vez en los recuerdos.

Música, danza. Mascaras por todos lados, risas y fiesta… El atento caballero pronto se vio rodeado de doncellas, todas interesadas en él, resultaba hasta agobiante verlo tan encerrado entre cuerpos… Empecé a mandarle algunos mensajes telepáticos, fríos susurros que incitaban a sus instintos, que las tomase y se las llevase con él, que cubriese el suelo de sangre… Trataba de confundirle y de estudiar sus reacciones. Si iba a escoger un chiquillo, quería que ese valiese la pena. Ahí pasaba algo raro… Por algún motivo clavó sus ojos apenas visibles tras su bella máscara en los míos, y comenzó a acercarse. ¿Me había percibido, que había pasado? Recuerdo que en ese momento me quedé paralizada y confusa, y más cuando sin decirme ni una palabra me tomó del brazo y me llevó escaleras arriba. Dejamos atrás el sonido de la música y la gente, internándonos en oscuros y ricamente decorados pasillos, entrando en una de las puertas. Avanza conmigo hasta entrar en una amplia habitación, oscura. Apenas estaba iluminada por velas. Cerró la puerta después de entrar y me rodeó con sus brazos, apegándome a él. Yo no supe cómo reaccionar, en ese momento me sentí estúpida siendo controlada por un simple humano. Aunque si él era capaz de hacerlo, era digno de ser mi chiquillo. Me besó en los labios, y poco a poco jugó con la intensidad, hasta que la cosa se pasó del límite que podía soportar de un humano. Me acorraló contra la pared y continuó en mi cuello, arrebatándome de parte del traje. Se pudo deshacer de mi corsé, y cuando intentó seguir le paré. Detuve sus manos con fuerza, y él, poco acostumbrado a eso intentó revolverse… Que buenos recuerdos. Apretándole contra mí, me lancé a su cuello, mordiéndolo. Bebí de él la sangre y a medida que lo hacia se rendía a mí. No había resistencia, solo placer. Hasta que cayó inconsciente sin sangre. Saqué de mi bolso mi querida daga de plata y me hice una herida en la muñeca, con una sonrisa en los labios de recordar. Le di de tomar mi sangre. Ahora sería solo mío…

Le dejé en las escaleras que llevaban al vestíbulo aun lleno de señoritas, cerrando todas las salidas y vías de escape. Todo estaba listo. En el segundo piso tomé una posición privilegiada para contemplar su primera sed. Se lanzó violentamente contra la muchedumbre, hincando los colmillos en cuanta carne podía encontrar, bebiendo de la sangre, olvidándose de todo lo humano que podía quedar en él y dejándose llevar por sus sentidos. Sangre y más sangre, gritos y llantos. Verdadera música para mis oídos, era todo un caos. Poco tiempo después, el vestíbulo era una verdadera piscina de órganos y miembros, mucha vitae en ella. Y de pié en el centro, Natharael. Sabía que me miraba, había vuelto en sí. Ese fue el comienzo de una no-vida junto, como sire y chiquillo. Le enseñé todo lo que sé. Tenía su libertad por su puesto. Iba y venía cuando quería… pero podía gozar de largas noches de tortura a humanos, bien acompañada.


Última edición por Terremotita el Miér Ene 13, 2010 2:18 am, editado 4 veces
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FICHA DE ALICE

Mensaje  Mandy el Jue Ene 07, 2010 1:38 am

FICHA ACEPTADA
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Re: Ficha de Alice Stein

Mensaje  Terremotita el Miér Ene 13, 2010 2:19 am

Ficha editada: Añadida edad vampirica, cambio de la historia para que se ajuste a la epoca; corrigiendola. Añadida parte del abrazo de su chiquillo y vida como vampira.
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